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sábado, 9 de febrero de 2008

No han Vivido: Paul McCartney.

En 1967, salió a la venta el Sgt Pepper’s Lonely Hearts Club Band de Los Beatles. Justo después de Within You Without You, en la pista número nueve, estaba una canción de amor que le había escrito Paul McCartney a su mujer Linda, llamada When I’m Sixty-Four (Cuando Tenga Sesenta y Cuatro). Sir Paul se imaginaba un futuro junto a ella, en el que ella tejía, él reparaba tomacorrientes y después, juntos, trabajaban en el jardín (“Quién podría pedir más”, dice en la canción). Y todos los veranos, irse a la Isla de Wight, con los nietos: Vera, Chuck y Dave.

El 18 de junio de 2006, Paul McCartney cumplió sesenta y cuatro. Para ese entonces, su mujer, Linda, había muerto hace ya varios años de cáncer; Paul se había vuelto a casar con una modelo de una sola pierna llamada Heather Mills de quien se divorció en 2006 y con quien tuvo una terrible batalla por la división de bienes y por la tenencia de su hija, Beatrice, de tan sólo dos años; y tenía cinco nietos, dos de ellos mayores que su hija más pequeña: Arthur, Elliot, Miller, Beckett y Bailey (la única niña). Ni Vera, ni Chuck, ni Dave.

frcass.

miércoles, 6 de febrero de 2008

No he ido a lo de Tinelli 2.

A unos metros, un hombre se ríe. Cuando lo miro me dice, entre una pitada y otra: “Los hombres de ojos amarillos suelen reírse solos”. Él también tiene los ojos amarillos…

Quiero poner mi cara más amable. De sonreír. Pero sé que no lo logro. El hombre de los ojos amarillos, el otro, el que no soy yo, vuelve a darle una pitada a su cigarrillo, sin dejar de mirarme. Tratando de parecer que le resto importancia a la forma en que me observa, comienzo a pasear la vista por la Terminal, concentrándome en el lugar vacío en el que estacionará mi micro. Pasan diez, treinta, cuarenta y cinco segundos y el hombre sigue mirándome, como mira un padre a su hijo dibujar. Saco el celular del bolsillo de mi bermuda y miro la hora. 21.50hs. No me cambia nada. No sé a qué hora viene el trasbordo. Sí, pienso, debería llevar a arreglar mi reloj pulsera. Es muy incómodo mirar la hora del celular. Aún observándome, el hombre dice:

—Armate de paciencia, pibe, que ese micro a Buenos Aires no llega.

Lo miro asintiendo, levantando las cejas, que es mi gesto amable. Para mi interior, me digo, “No me vas a coger, viejo de mierda”. El hombre vuelve a reír y estoy cada vez más incómodo. De la mochila saco unas tortillas (una especie de pan sin levadura) y empiezo a comer. Tengo que parecer ocupado.

—Tortillas, ¿eh? Me encanta a mí. ¿Las compraste en Jesús María?— Asiento, ya sin mirarlo. No sabía que las tortillas de Jesús María fueran tan famosas. —Bah, tu hermana te las compró—, agrega.

Lo miro. Este me está siguiendo. ¿Cómo puede saber eso? Lo miro fijo. Los ojos se me ponen vidriosos. El micro no llega a Buenos Aires porque este nos va a matar a todos. O, lo que es más importante, me va a matar a mí.

­—No te preocupes, el perro va a estar bien—. Quemú Quemú, el perro de mi hermana, estaba con garrapatas. Mi hermana le puso Off para matarlas, pero el perro se lo lamió y se intoxicó. Así que me dejó en la Terminal y se fue para el veterinario. El hombre de los ojos amarillos ya no me incomoda. Me asusta. Agarro el bolso para irme, no me importa perderme el trasbordo.

—Vos también vas a estar bien. No te voy a matar. Ni a nadie del micro. Pero en la Ruta 9, Kilómetro 92, a la altura de Zárate, se van a trabar los frenos del micro y se van a quedar varados más de seis horas. Igual, tu papá va a salir antes del hospital y te va a ir a buscar. Pero la madre de las chicas que fueron a lo de Tinelli se te va a pegar y vas a tener que llevarla con vos.

—Ah—, respondo confundido.

—Pero vas a estar bien. La gente como vos debe adaptarse al medio para poder sobrevivir. Pero vos no lo hagas. Vas a estar bien.

—¿Voy a terminar bien?

—No. No vas a terminar. Vas a estar bien. Acordate: Vos sos inmortal hasta que se demuestre lo contrario— Y ahí, aunque trato de evitarlo, sonrío, con sinceridad, mostrando los dientes. Y él también sonríe, igual que yo.

—¿Cómo te llamas?—, pregunto.

—Respondo a muchos nombres.

—¿Por ejemplo Dios?

—Por ejemplo Jorge.


frcass.



ANEXO.
Quiero celebrar mi vigésimo post, diciendo que me gusta tu sonrisa.


sábado, 2 de febrero de 2008

No he ido a lo de Tinelli.

Tenemos que hacer un trasbordo en Córdoba Capital, por lo que al llegar a la Terminal, nos bajamos y esperamos a que llegue el nuevo micro, que nos trasladará a Buenos Aires. Por un momento me asusto. No reconozco a las personas que están a mi alrededor. ¿Se habrá ido mi micro sin que me diera cuenta? ¿Podré ser tan idiota? Sí, puedo, pero, ¿se fue? Cuando veo a un pibe con camperita de Suiza me tranquilizo. Es el que se bajó antes que yo. Tengo que esperar nomás. Odio esperar. A unos metros, otros jóvenes que también esperan, se convidan un cigarrillo e inician una conversación. El único momento en que me gustaría fumar es cuando espero. Los que fuman no parecen aburrirse. Parecen estar haciendo algo interesante. El momento en que me alegro de no fumar es el resto del tiempo. Además, me salva de iniciar conversaciones mínimas con extraños. Bastante tengo con mi compañera de asiento que me cuenta que sus hijas fueron a lo de Tinelli y llevaron salames. Un día de estos tomo coraje y, cuando alguien quiera iniciar una conversación de esas, le digo: “Sorry, no hablo espanol”. Unos días antes, en Córdoba, fui a un boliche con tres amigos y uno me dijo que me hiciera pasar por yanqui. Entonces le empezó a hablar a una chica y en un momento le dice: “Él es un amigo mío de Estados Unidos”. Me acerco, la saludo con dos besos (costumbre europea y correntina, no yanqui, pero ella no detecta mi error cultural) y cerca de su oído digo, “Do you speak english?”. Pero, no, no hablaba inglés. Y me tuve que quedar el resto del tiempo callado mientras los demás hablaban en castellano. Todavía esperando el micro me río solo. Unos minutos después veo subirse a un micro rumbo a Humahuaca a una mina rapada a la que había visto en el mismo boliche, y a la que, después de un par de tragos, le grité “¡Sinead O’Connor!”. Otra vez, río sólo, esperando el micro que me lleve a casa. A unos metros, un hombre suelta una carcajada. Cuando lo miro me dice, entre una pitada y otra: “Los hombres de ojos amarillos suelen reírse solos”. Él también tiene los ojos amarillos.

Continuará.

frcass.



ANEXO.
Cuando Batman aplaude, ¿bate palmas?